Detrás de productos que imitan la leche, la mayonesa o la carne sin serlo, opera un sistema que no cocina, pero que sí calcula. Así funciona la tecnología de la empresa NotCo que está transformando la industria alimentaria como la conocemos.
No aparece en la descripción de los envases ni en las góndolas, pero está detrás de los productos más reconocidos y valorados de NotCo.
Se llama Giuseppe y es la inteligencia artificial con la que la empresa chilena ha elaborado su propuesta comercial: replicar los alimentos tradicionales a partir de plantas, aunque sin depender de la intuición culinaria, sino del cálculo.
Giuseppe no necesita probar ni ajustar sabores, menos corregir sobre la marcha. Su lógica de funcionamiento se basa en analizar la estructura molecular de los alimentos, identificar qué compuestos generan determinadas sensaciones —como sabor, aroma, textura— y cruzar esa información con miles de ingredientes posibles hasta encontrar combinaciones que produzcan un resultado similar.
No busca imitar recetas, sino reproducir sus efectos.
Pero no solo replica productos existentes, también modifica ingredientes según disponibilidad, optimiza costos o responde a nuevas demandas sin alterar demasiado la experiencia final. Ahí la comida empieza a pensarse como una variable flexible.
Este giro también ha redefinido el rol de la propia compañía.
En los últimos años, NotCo ha establecido alianzas estratégicas con grandes marcas de la industria alimentaria, como Kraft Heinz, PepsiCo, Mars y Coca-Cola, integrando a Giuseppe en procesos de desarrollo a mayor escala.
Una de las colaboraciones más destacadas es con Ferrero, que utiliza el software de NotCo para encontrar ingredientes alternativos en productos icónicos como la Nutella y los chocolates Kinder. Hito relevante tras el aumento drástico del precio del cacao en 2024, permitiendo a la marca mantener su calidad y sabor.
Para el consumidor final nada de esto es evidente. La experiencia sigue siendo una leche, una mayonesa, una hamburguesa. La diferencia es invisible, pero estructural. Porque si un algoritmo puede definir el sabor de lo que comemos, la cocina deja de ser solo tradición o cultura y empieza a ser también un problema de datos.

