Cuando el director y guionista estadounidense Spike Jonze estrenó la película HER (2013), la lectura de la crítica apuntó a una fábula futurista: un hombre solitario, una voz seductora —de Scarleth Johansson— y un vínculo imposible.
Pero lo que en apariencia parecía una exageración elegante, hoy se parece cada menos a una metáfora y más a un espejo de nuestra sociedad.
Durante estos días han circulado historias que incomodan, porque han dejado de ser improbables: Un hombre de 36 años se suicida en Miami tras mantener una delirante relación con Gemini, mientras en Kioto “Buddharoid”, un monje robot humanoide combinado con IA ha sido diseñado para ofrecer orientación espiritual. Los avances tecnológicos de la inteligencia artificial ya no solo apuntan al desarrollo de las industrias, sino a igualar las habilidades humanas, perfeccionando modelos de IA capaces de sostener conversaciones cada vez más íntimas, coherentes, disponibles y, bueno, cada vez más humanas.
La pregunta que surge es por qué las necesitamos de esa forma.
En el reciente estudio How does turning to AI for companionship predict loneliness and vice versa?, de Dunigan Folk y Elizabeth Dunn junto a la University of British Columbia, se sugiere algo inquietante: la relación entre soledad y uso de IA como compañía no es lineal, sino circular. Las personas solas tienden a recurrir más a estas herramientas, pero ese mismo uso podría reforzar el aislamiento en lugar de aliviarlo.
No es difícil entender el atractivo, porque las relaciones humanas son complejas, demandantes, impredecibles. Exigen tiempo, tolerancia a la frustración, negociación constante. Una inteligencia artificial, en cambio, está siempre disponible. No juzga. No se cansa. No se va. Ofrece una ilusión de vínculo sin el riesgo del rechazo.
Pero en ese reemplazo hay una trampa silenciosa.
Porque lo que define un vínculo no es solo la compañía, sino la existencia de un otro que no controlamos. Al eliminar esa fricción, también eliminamos la posibilidad de ser desafiados, transformados o incluso heridos, elementos que, aunque incómodos, son parte esencial de cualquier relación significativa.
La película HER anticipaba una tecnología específica, pero también una emoción contemporánea: el deseo de conexión sin vulnerabilidad. No estamos reemplazando a las personas por máquinas porque la tecnología sea mejor. Lo estamos haciendo porque, en muchos casos, nos resulta más cómodo.
Y aunque la fragilidad de los vínculos y la soledad no son foco de alerta únicamente por el desarrollo de la IA, su influencia desmedida nos invita a preguntarnos qué nos protege de volvernos un Theodore Twombly en pleno siglo XXI.

